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Adolphe Jean-Marie Mouron (Cassandre)

24 de enero de 1901 - 17 de junio de 1968

Adolphe Jean-Marie Mouron (24 de enero de 1901 - 17 de junio de 1968), conocido por el seudónimo de Cassandre fue un cartelista y diseñador gráfico francés de origen ucraniano.

Nacido en Ucrania en 1901, de padres franceses, siendo joven se mudó a París donde estudió en la Academia de Bellas Artes y en la Academia Julian, se lo puede considerar como el percursor del cartel moderno tal y como hoy lo conocemos.

En sus obras se puede observar la influencia de las vanguardias artísticas de la época de entreguerras del siglo XX, como el cubismo, el purismo de Le Corbusier, e incluso el futurismo con los recursos gráficos líneas cinéticas y sensación de velocidad.

El mismo definía el cartel: Es difícil determinar cual es el lugar que le corresponde al cartel entre las artes pictóricas. Unos lo consideran una rama más de la pintura, lo cual es erróneo, otros lo colocan entre las artes decorativas y en mi opinión están igualmente equivocados." El cartel no es pintura ni decorado teatral, sino algo diferente aunque a veces utilice los medios de uno u otro. El cartel exige la renuncia del artista a firmar su personalidad. Si lo hace rompe las reglas del juego. La pintura es un fin en sí misma, mientras que el cartel es un medio para un fin, un medio de comunicación entre el anunciante y el público, semejante a un telegrama. El cartelista desempeña la labor de operador de telégrafos. En consecuencia emite y transmite un mensaje que no debe contener, información detallada. Únicamente se exige de él que establezca una clara, poderosa siempre y precisa comunicación.

Fuente: wikipedia.org



 

Adolphe Jean-Marie Mouron nació en la ciudad ucraniana de Kharkov en 1901 y fue enviado a estudiar a Francia, continuando así la tradición paterna.
El estallido de la guerra de 1914 determinó, por de pronto, la permanencia del muchacho en París, y la posterior Revolución Rusa de 1917 el definitivo establecimiento de la familia, huida de su patria, en la que abandonaron bienes y propiedades.

Para contribuir a costearse sus estudios de arte el jovencísimo Mouron entró a trabajar en la industria de artes gráficas Hachard et Compagnie. En un caso similar al del checo Alphons Mucha, tam-bien Cassandre realizaría numerosos trabajos secundarios e impersonales hasta que en 1923 apareció un cartel, «Au Búcheron»16, firmado con el seudó-nimo que había de hacerle universalmente famoso.

Un ano después, a sus veintitrés anos, Cassandre realiza para Hachard una de sus mejores obras, el extraordinario cartel anunciador del popular periódico del sur de Francia L'Intransigeant, en un trabajo que constituye, por sí solo, una contribución definitiva a la escuela francesa del cartel comercial que va a sentar cátedra en el mundo entero, influida por su personalidad, durante más de treinta anos. En este cartel se conjuga ya la extraordinaria habilidad de Cassandre en integrar los lenguajes plásticos de las vanguardias artísticas francesas en un agresivo, ecléctico e inconfundible estilo.

La espontaneidad de ese nuevo cartel francés y la facilidad con que consiguió sintetizar ideas y conceptos en unas imágenes modernas, directas y de extraordinaria capacidad de retención, seducen a los industriales y comerciantes europeos caracterizados por el instinto emprendedor de la década. Grandes companías y oficinas francesas, holandesas, inglesas, italianas y americanas solicitan también los servicios de Cassandre, y en un rutilante período que va de 1924 a 1936 plasma en una serie de inolvidables carteles el deseo formulado determinó, por Mallarmé de «que las imágenes hablen y que las palabras sean imágenes

La secuencia trifásica del mundialmente conoci-do «Dubo... Dubon... Dubonnet», esparcido estratégicamente durante muchos anos por las calles y el «metro» de París (todavía hoy alguna medianera exhibe restos visibles de este cartel); el hechizo en-sonador que rezuma el evocador cartel de L'Etoile du Nord, de puntillas sobre el lejano espejismo de unos raíles de ferrocarril en fuga hacia un horizon-te viajero; la poética fuerza presente en la serie de carteles para companías navieras, entre los que des-tacan la majestad del «Normandie», cuya imponente mole aparece contrapunteada por una delicada ban-dada de diminutas gaviotas; el formidable poder sugestivo de los elementos ferroviarios y navales más comunes: raíles, agujas, chimeneas, semáforos, bielas, ruedas centelleantes, vapor, etc. Todo ello forma parte ya de la historia del cartel publicitario moderno.

Al margen de sus envidiables cualidades técnicas y poéticas, todos estos carteles cumplen a la perfección con los objetivos funcionales que Cassandre, verdadero explorador de la comunicación visual publicitaria, se imponía. Según su propia definición, «un cartel dirigido al apresurado viandante, hostigado por un alud de imágenes de todas clases, ha de provocar sorpresa, violentar la sensibilidad y señalar la memoria con una huella indeleble.

El primer director escénico de la calle», como fue bautizado por su buen amigo el escritor Blaise Cendrars, concentraba en su personalidad los ingredientes básicos para construir con ellos un cartelista publicitario ejemplar. De una parte, una di-mensión imaginativa y unas facultades técnicas muy poco comunes; de otra, unos principios teóricos contundentes respecto de la función que debía exigírsele a un cartel comercial moderno y a la actitud de su autor, en un momento en que la cultura de la forma. estaba dictada por la ideología del Movimiento Moderno.

Ajuicio de Cassandre, el cartel exige la renuncia del artista a afirmar su personalidad. Si lo hace, rompe las reglas del juego. La pintura es un fin en sí misma, mientras que el cartel es sólo un medio, un medio de comunicación entre el anunciante y el público semejante a un telegrama. El cartelista de-sempena el papel del operador de telégrafos. En consecuencia, emite y transmite un mensaje que no .debe contener noticias, información detallada. Unicamente se exige de él que establezca una clara, poderosa, simple y precisa comunicación

El fabuloso éxito acumulado durante la fecunda etapa que hemos senalado le lleva a establecerse dos anos en los Estados Unidos. De forma parecida a otros grandes cartelistas anteriores, su presencia o su obra puesta en América coincide con el que va a ser su ocaso. Unos cuantos carteles, una serie de cubiertas para las revistas Harper's Bazar y Fortune y su colaboración con la multinacional Container Corporation of America, devuelven a Europa un Cassandre completamente alejado de las funciones que le habían convertido en una vedette mundial. Para empezar, abandona el diseño gráfico y se de-dica a la pintura, alternada con otra de sus antiguas aficiones: el diseño de decorados y figurines de teatro. Para la historia del diseño gráfico, el mito del cartelista deja de existir biológicamente treinta anos antes de que expire Mouron.

Es posible que en Cassandre coexista, a lo largo de toda su vida, un sentimiento fatalista que no nos resistimos a señalar, a riesgo de invadir consciente-mente terrenos literarios. No obstante, la licencia que nos concede la repetida advertencia que hemos venido haciendo en el sentido de atribuir en ocasiones a la anécdota valor de categoría, nos invita a desarrollar una personal hipótesis, con el único objeto de esclarecer hasta qué punto el retrato profesional de Cassandre permanece incompleto.

Como se ha dicho, Adolphe Jean-Marie Mouron adoptó, desde sus primeros carteles reconoci-dos, a sus veintiún anos, un extraño seudónimo, el de la infausta sacerdotisa de Zeus a la que los dioses habían conferido el don de la adivinación. La casualidad quiso que este sobrenombre que eligió para sí al principio de su excepcional carrera resultara, en una parte considerable, fatalmente premonitorio. Como su ilustre homónima, Cassandre tuvo también facultades adivinatorias.

Por de pronto, intuyó el preciso papel que el cartel comercial de su tiempo tenía asignado en la nueva sociedad. Ciertamente, se diría que la fórmula fue un éxito absoluto, puesto que a su prestigio personal hay que añadir la enorme influencia que su escuela estilística y conceptual obró, no sólo entre sus contemporáneos, sino también en las sucesivas generaciones de cartelistas (especialmente francesas) que le han perpetuado prácticamente hasta nuestros días.

Sin embargo, y al margen de sus adivinaciones» formales, como el fondo del cartel que para la firma de vinos Nicolas realizó en 1935, en el que se adelantó en cerca de treinta anos al Op Art y a Vasarely, y a su clara intuición para advertir cuáles eran las fórmulas pictóricas de las vanguardias artísticas recientes susceptibles de ser aisladas por el indiscriminado público de la calle (cubismo analítico y sintético, purismo, orfismo, clasicismo surrealista y, en especial, Fernand Léger, «el principal artesano de esa renovación de la calle»)23, existen suficientes indicios en su biografía personal y pro-fesional como para creer, más allá de su inmensa y merecida fama, en la presencia de un fatalismo pa-ralelo al de aquella de quien se dijo que «jamás había pronunciado una palabra que no hubiese resultado verdadera, pero siempre tuvo la desgracia de no ser creída»24. En efecto, si atendemos al no-table disenador gráfico inglés F.H.K. Henrion, quien residió en su juventud en París estudiando con el cartelista Paul Colin, «al hojear un libro de carteles de Cassandre editado en Suiza en 1948, me apercibí de que treinta y cinco de los sesenta y cinco carteles publicados no habían sido utilizados. Esto significa que más de la mitad de sus clientes no se sin-tieron capaces de aceptarlos en aquel tiempo

El posible paralelismo entre el cartelista y la mitológica hija del rey de Troya no termina aquí. Aparte del fracaso de su primer matrimonio con la hija del rey del automóvil Max Richard, del más que dudoso éxito de sus aventuras escenográficas en el teatro y de su arriesgada decisión de dedicarse a la pintura a su regreso de Estados Unidos, Cassandre acabó en una situación crítica, obsesionado por la ruina y el olvido, se diría que víctima de su ineluctable destino.

Su interés por la tipografía, con la que porfió por expresar en imágenes (tal y como deseaba Mallarmé), se manifestó más allá de los límites del cartelismo, diseñando varios y controvertidos alfabetos de fundición26. Cerrada por voluntad propia su gloriosa etapa de cartelista, su investigación tipográfica no debe considerarse negativamente, ni muchísimo menos. Una de sus realizaciones menos conocidas, el logotipo y anagrama diseñados en 1948 para el modisto Yves Saint Laurent, son de una remarcable calidad, sólido exponente de las facultades del indiscutible maestro.

Sin embargo, en sus últimos anos se dedicó, al parecer casi exclusivamente, a la elaboración de un proyecto tipográfico que él llamaba la Metopa. Según parece, el diseño de ese nuevo tipo no satisfizo al editor alemán que le había encargado el trabajo y, en una carta que fue encontrada en un cajón del despacho de Cassandre, donde se suicidó el 17 de junio de 1968, rechazaba lacónicamente el diseño por demasiado heterodoxo

La considerable deuda que el cartelismo moderno ha contraído con Cassandre y la enorme y merecida fama de que gozó durante el ejercicio de su actividad de cartelista, no eximen de la consideración del aspecto negativo de su carrera, sembrado de una increíble cantidad de proyectos rechazados y, en consecuencia, de una notoria incomprensión. Quién sabe si, entre las obsesiones que al parecer le acompañaron constantemente durante sus últimos anos, Cassandre incluyó el juicio de los clásicos ante la muerte (también violenta) de tan desdicha-da figura de la mitología griega: ¿Quién tomaba entonces en serio los vaticinios de Cassandra, que era tenida por loca y no por adivina?

Desde entonces, el nombre de Cassandra ha permanecido proverbial para designar a aquellas per-sonas clarividentes, cuyas exactas providencias so-bre el futuro no halla más que incrédulos» 31 Y éste fue precisamente el nombre, extraño nombre, que el pequeño ucraniano eligió en su juventud para pasar como él a la inmortalidad.




 

 

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