El año 1990 traería a España la llegada de las cadenas de televisión privadas. TVE, hasta ahora la única nacional que existía en el país, necesitaba adelantarse y trasladar a la población su papel como televisión pública. Al frente del ente televisivo estaba la directora de cine Pilar Miró.

Se encargó una campaña publicitaria para alcanzar tal fin, siendo Contrapunto la agencia de publicidad la encargada de su realización. Aquella campaña, que constaba de dos partes, se emitió en diciembre de 1988 y el impacto fue inmediato. Los premios le llovieron, destacando el Grand Prix en el Festival de Cannes de 1989, el premio internacional más importante de la industria publicitaria, a la mejor campaña del mundo aquel año, galardón que nunca antes se había logrado.

Aquellla creativa y valiente campaña, en la que una marca aconsejaba no consumirla tanto por iniciativa propia (solo visto en bebidas alcohólicas y tabaco, pero estas por imperativo legal), tenía como protagonista a una simpática y listísima perrita llamada Pippin, que harta de hacer cosas fuera de lo común ante su dueño, absorto por el televisor, decide abandonarlo.

Por primera vez, los españoles podían ver el mal uso que se puede tener de una pantalla, abusando de la exposición ante ella, sobre todo en edades tempranas.